domingo, 19 de agosto de 2012

La enfermedad masculina llamada: misoginia

¿Fue Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, un (gran) misógino ? Freud, en tanto hombre, varón, del sexo masculino, claro que lo fue, por supuesto y desde luego. El hecho de haberlo sido tuvo, y tiene, consecuencias muy serias para las mujeres: validó la creencia de que son seres inestables y frágiles, poco confiables por emotivas, entre otras cosas.

La Misoginia, el odio o desprecio de todos los hombres hacia todas las mujeres por el simple hecho de serlo, manifiesto en todas las culturas que en el mundo son, es un rasgo estructural de la mente masculina. Tan estructural o fundamental como lo es su esqueleto en relación a su cuerpo. Recordemos que algo es estructural en tanto define a cualquier cosa como tal, le da o forma su identidad.

A su vez la identidad es la congruencia o incongruencia entre lo que pensamos que somos y lo que creemos que los demás piensan de nosotros. La frágil identidad masculina se define negativamente: ser hombre es, antes que nada, NO ser mujer. Tomando prestada la famosa frase de Simone de Beauvoir y aplicándola a los varones: “No se nace hombre, se llega a serlo”. Recuerdo cuando niño que mi padre y mis tíos me decían: “Mario esperamos que llegues a ser un hombre de verdad”. Yo me preguntaba, un poco confuso, “y…entonces, ¿qué seré, un hombre de mentira, un marciano o sólo un proyecto de hombre?”.

 No me daba cuenta de que no bastaba con haber nacido con atributos masculinos tenía que demostrar, de acuerdo a las exigencias de mi cultura, que era “todo un hombre”. Y serlo era no tener, no mostrar, nada que se pareciera a una mujer: nada de modales gráciles o dramáticos, ni sentimentalismo, delicadeza, sociabilidad, lágrima fácil, tampoco expresión abierta de las emociones, ni ser dependiente, ni gustar del baile, ni ser fanático de los grupos Queen y Abba, ni de Juan Gabriel…y un larguísimo etcétera que depende, nuevamente, de la cultura a la que se pertenezca. ¿Por qué tanto afán en diferenciarnos de las mujeres? Por resentimiento, por envidia y por miedo.


El miedo nos viene de milenios. Imaginemos al hombre primitivo que observa que de la sagrada tierra que lo alimenta “salen” cosas vivas, observa a la mujer con la que comparte la cueva y ocurre lo mismo: de su vientre “salen” seres semejantes a él o a ella. Sangra cada luna llena y no muere, alimenta a sus hijos, cocina, hace ropa, atiende a los enfermos, se ocupa de los muertos. La mujer es para aquel hombre primitivo, que todos llevamos aun en nuestras cabezas, un ser mágico, todopoderoso, tal y como experimentamos a nuestras madres cuando niños, aterrados de que nos abandone. Resentimiento causado por nuestra absoluta dependencia durante los primeros años de vida.

Desde que estábamos plácidamente instalados en su útero durante la única parte de nuestra vida en que vivimos en el paraíso: todas nuestras necesidades satisfechas de inmediato y del que somos bruscamente expulsados al nacimiento. Paraíso que toda la vida buscamos a través del amor pasión, del amor fusión: volver a ser con ella un solo ser. Envidia de dos cosas muy concretas: los senos y su virtud nutricia material y emocional. Las niñas sólo tienen que esperar a crecer para tenerlos. Nosotros para obtenerlos nos habremos de casar con una de ellas. Envidia sobretodo de ese órgano casi sobrenatural y altamente especializado, el clítoris, en la sola función de procurarles placer sexual ilimitado, carentes por completo de nuestros periodos refractarios post-orgásmicos que nos dejan fuera de combate durante minutos u horas, dependiendo de la edad que tengamos.

 La capacidad potencial sexual femenina es mayor que la del mejor y más experimentado amante masculino, lo cual no hace mucho por nuestra confianza para satisfacerlas del todo…y que no se vayan. Pesadilla favorita detrás de nuestra tradicional posesividad, celos y violencia. Por todo ello y para poder desplazarla de su lugar central en la vida es que a lo largo de milenios hemos recurrido al odio y al desprecio como fuerzas motivadoras para hacerlo. ¿ Qué nos queda sino ser conscientes de nuestra misoginia, más o menos refinada, y mantener con la mujer una relación de complementaridad en nuestras diversas funciones, de simetría en cuanto a nuestras correspondientes ventajas y desventajas ? Nos queda también la posibilidad de amarnos por ser como somos y no como quisiéramos, única posibilidad de redención y de cambio. Mario Zumaya

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