sábado, 6 de octubre de 2012

La foto de un niño que no querían que vieras

Foto tomada de Twitter

El evento fue difundido, quizás no de manera amplia, pero de alguna forma la gente se enteró. En una secundaria de Coahuila, durante una de esas entregas de lentes gratuitos que sirven para que el gobierno en turno pueda lucirse como magnánimo y bondadoso, un niño, casi un joven, pero niño aún, increpó al mandatario local por la deuda de 37 mil millones de pesos que contrajo la administración anterior, casualmente, llevada por su hermano.

Nada que no se hubiera dicho siquiera detrás de bambalinas. Un hecho que habría pasado de largo de no ser porque el gobernador Rubén Moreira tuvo un diálogo infructuoso con el chico, pero sobre todo, porque a algunos de sus escoltas se les ocurrió que podían tratarlo como a disidente político, intentando someterlo sin tener consciencia de los impulsos que a esa edad se contraen.

Al final, una anécdota más que cobra relevancia cuando todo mundo habla de un chico, se escuchan audios con sus reclamos, pero jamás aparece su rostro, como si de alguna forma no se quisiera difundir la imagen de un adolescente que se convirtió en héroe popular por atreverse a decirle a quien gobierna lo que muchos sólo piensan e incluso sueñan.

Tuvieron que ser la redes sociales las que destaparan al niño, de nombre Miguel Ángel, con una foto tomada en ese momento. La única conocida hasta ahora donde pude apreciarse la escena descrita y en donde gestos y poses congeladas hablan por sí solos. La misma que resalta que no haya más imágenes de esto, pues como puede observarse al fondo, hubo más de una cámara con oportunidad de captar el hecho.

Son situaciones de cuando sucumbe el poder ante un reclamo social donde pasan los meses y los años y la herida sigue abierta. Momentos que se extrapolan de lo simple que puede ser el grito de un alumno que repite lo que oye con frecuencia en su casa, la escuela y las calles, hasta la violenta muerte del hijo de un ex gobernador.  Por eso sorprende, pero no extraña, que tras el trágico evento del asesinato del hijo de Humberto Moreira, el vox populi que se expresa a través de redes sociales  se vuelque en duros reclamos y críticas frías ante las reacciones de dolor lógicas de un padre, pero más que nada, en medio de un contexto donde alguien ha sufrido algo similar.

No se puede culpar a la gente cuando enojada e indignada, pone el dedo en la llaga y señala la rápida reacción de las autoridades y la exigencia de justicia de la clase política en este caso de Moreira, cuando es un crimen similar al que han vivido y sufrido más de 50 mil familias en México. No es que pequen de insensibilidad, pero en estos años es la primera vez que algunos políticos alzan la voz en contra de la ‘guerra’ contra el narcotráfico sin darse cuenta que el ciudadano común más que nada tiene miedo.

Miedo de ver como los que se suponen poderosos, intocables y protegidos, pueden ser también víctimas de la criminalidad a gran escala, en dimensiones donde no se destruye una vida, sino todas las que la rodean. Entre prisioneros que escapan de cárceles, alcaldes asesinados y otros amenazados en todo el país, el temor es evidente. Porque si ellos, que tienen los medios y la capacidad de protegerse, no lo han logrado, qué podemos esperar nosotros como ciudadanos de a pie. En efecto, la exigencia de que se resuelva ese crimen es necesario y debe hacerse, como en todos aquellos casos que así lo exigen. Porque el dolor es el mismo. Así lo grite un niño, o un ex gobernador.

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